Estas es una reflexión dirigida a aquellas personas que han
olvidado que el Perú es mucho más que su ciudad capital, mucho más que las
maravillas que orgullosos mostramos al mundo, más que su discriminatoria “Marca
Perú”, y por supuesto mucho más que su selección de futbol. El Perú es una maravillosa oportunidad de
aprendizaje.
Solemos creer que para ser ecologistas, la mejor opción es
seguir una carrera universitaria en ecología, ayudar a salvar ballenas y
delfines a través del facebook, pegar una calcomanía de “Greenpeace” en el auto
o botar las pilas en una botella de plástico. Creemos que ser respetuosos significa
ser amables y tolerante con el prójimo (entiéndase a este como un ser humano). Sentimos
que la seguridad en esta vida nos la da un
sueldo fijo y un seguro que nos ampara ante cualquier desastre.
Sin embargo a más de 4000 msnm tenemos la oportunidad de
aprender sobre ecología, sobre respeto y sobre la fragilidad de nuestra
seguridad con tan sólo mirar atentamente hacia arriba, al cielo, ahí donde
viven también peruanos como tú y como yo. En realidad estas lecciones vienen de
un lugar hermoso, preámbulo del cielo y eso explica porque estas enseñanzas
parecieran de seres superiores, que justamente son esos que nuestro Estado
excluye y abandona, que ironía.
Esto lo aprendí hace poco, leyendo a Jorge Flores Ochoa, un
reconocido antropólogo que ha dedicado parte de sus investigaciones al mundo
altoandino.
A partir de los 4200 msnm las comunidades que habitan estas
zonas son exclusivamente comunidades de pastores de camélidos. Ante la perspectiva
de que su futuro inmediato depende de esta actividad, los pastores de la puna
alta le dan mucha importancia a los rituales mágico-religiosos, los cuales les
proporcionan la seguridad relativa de que tendrán alimento y sobrevivirán.
Uno de estos rituales es el Haywarisqa. Es un ritual muy
elaborado y que hace uso de muchos elementos mágicos tales como el Señalu q´epi
que es la simbolización del ecosistema de pastoreo de la puna alta, dentro de
este Señalu q´epi que es como un envoltorio donde se almacenan los objetos
materiales e inmateriales, encontramos la enqa, los enqaychu, las illa entre
otros elementos que son para agradecer a la tierra y a sus animales.
No quiero entrar en detalles porque tendría que pedirles
mejor que lean al autor, pero lo que sí quiero transmitirles es que en esta
ceremonia lo que se hace es “alimentar” con energía a las alpaquitas y llamitas
de piedra que representan a sus animales de carne y hueso (illa). ¿Porqué?
Porque ellos tienen un concepto muy importante: los animales que ellos cuidan
no son suyos, no son de propiedad de la humanidad, les son entregados por
los dioses para que los cuiden y se beneficien de ellos. Los animales que
producen lana han sido entregados por la Pachamama, (la Santa Tierra), para que
el hombre pueda vivir en las punas donde ya no se cultiva, gracias a la lana y
a la carne que les proporcionan. Este concepto trae como consecuencia que los
pastores altoandinos, vean a sus animales como a personas y que los traten como
a tales, en esta interacción no existe explotación sino que, al cuidarlos con
eficiencia se está asegurando la supervivencia de la humanidad.
En uno de mis viajes a las alturas del sur del Perú, tuve la
oportunidad de ver como un pastor le hablaba al oído a su llamita para que está
avanzara. Después leí que esta acción es muy común, que las palabras que les
susurran al oído son palabras de amor, cariñosas, acompañadas de un pedido, no
de una exigencia, incluso les cantan canciones. Dicen que es la única manera de
que la llama avance, porque si se le exige con golpes o rudamente, el animalito
no se mueve ni un centímetro.
En ciertas zonas el apelativo con que los pastores se
dirigen a sus animales corresponde al vocablo “hermano”. Los consideran sus “hermanos”
y por ende los cuidan como a tales. Esta relación fraterna con el reino animal
implica nociones ecológicas de las cuales debemos aprender.
Es muy común ver que el hombre se siente dueño de todo, de
los animales, de la tierra, todo tiene dueño, todo tiene precio, todo es del
hombre. Es por esta forma errada de pensar que el mundo está tan deteriorado,
ecológicamente hablando. Si todos pensáramos como estos pastores, que en la
sabiduría pura de su actuar, cuidan su futuro y el del resto de seres en la
tierra. En uno de sus mitos, ellos cuentan que las alpacas fueron entregadas
por un Apu, éstas salieron de un lugar donde había mucha agua y que junto con
estas alpacas salió una alpaca pequeñita. El hombre no supo cuidar de esta
alpaquita, ya que la descuidó por su tamaño dedicándose solo a las grandes. La mujer
que el Apu envió para velar por estas alpacas, se las llevó del mundo y el
hombre solo pudo retener algunas que son las que hasta hoy pueblan las alturas.
La lección está a la vista, si no cuidamos a los animales, llegará el día en
que no quede ninguno.
Que importante resultó para mí conocer lo que pasa en mi
país, en esos sitios de los que los peruanos nada saben y nada quieren saber.
Esta gente, estos pastores, son personas que viven en armonía con su entorno,
celebrando rituales que no son más que formas de agradecer a la tierra, es
decir al mundo, por todo lo que les brinda para vivir. Se le paga a la tierra
para que ésta se “alimente” y después de sus frutos, se le agradece, se le
recompensa, se le respeta.
Aprendamos ecología de los que mejor tratan a su ecosistema.
Aprendamos respeto de aquellos que respetan no sólo al prójimo, sino también a
los animales, a la naturaleza. Aprendamos que la seguridad no nos la da el
dinero ni un seguro, sino más bien la capacidad de cuidar para el futuro, de no
acabar con los recursos. Pero sobretodo seamos agradecidos. Demos gracias desde
donde estemos porque la energía que emana de ese sentimiento de gratitud
alimenta a la tierra y ésta devuelve lo que se le da.




