Hoy, Chavela Vargas, cumpliría 94 años y Google lanza un
doodle en su honor. Hoy, tanto latinoamericanos como españoles recordarán
gracias a esta iniciativa a la gran Chavela Vargas.
En el portal Ideal.es hacen una reseña sobre su vida que
vale la pena leer. Les dejo un extracto: “Chavela Vargas, en contra de lo que mucha gente cree nació en
Costa Rica, en San Joaquín de Flores, no en México, fruto de la unión de Hija
de Francisco Vargas y Herminia Lizano, Chavela
Vargas. María Isabel Anita Carmen de Jesús fue bautizada el 15 de julio
de 1919, días después de que viniera al mundo. Chavela Vargas sufrió poliomielitis durante una infancia dura en
la que sus padres se olvidaron de ella y la encomendaron a sus tíos. Durante
más de 80 años vivió en México, país que la adoptó como una ciudadana más, no
en vano era mexicana de puro derecho. Y allí descansan sus restos.”
A propósito de esta fecha especial quiero dejarles las
palabras que tuvo Joaquín Sabina cuando supo de su fallecimiento. Ambos se
tenían mucho aprecio y cariño. Fueron grandes amigos y la emotiva carta que
Sabina le dedica es el homenaje a una mujer valiente.
A través de la página oficial de "La Vargas", bajo
el título de “Quién pudiera reír como llora ella”, Sabina expresó el
sentimiento que embarga a millones en el mundo.
“Andaba dibujando en un cuadernito, una costumbre que recién
adquirí, cuando vi por la televisión, encendida sin sonido, la imagen de
Chavela. Di voz al aparato. Se nos fue, escuché. Y me cogió un llanto
irreparable. Lo que nunca me había sucedido. Siempre me culpé por no ser capaz
de llorar con la muerte de mis padres, pero esta vez me venció el desconsuelo.
Yo nunca me tomé copas con mis ídolos: Bob Dylan, Leonard Cohen o Brassens. Y
sí, con Chavela, con la que he cantado, nos hemos abrazado y reído hasta
hartarnos. Todas esas veces cuentan y contarán siempre entre las más grandes
cosas que me han sucedido en la vida.
“Será difícil, por ejemplo, olvidar cómo la conocí. Fue una
noche de hace unos veinte años, en Madrid, en la sala Morasol. Dijo: “Yo vivo
en el bulevar de los sueños rotos”. Y yo tuve que escribirle una canción con
esa frase. Ya se había recuperado de su alcoholismo. Calculaba que había bebido
algo así como 1,8 millones de botellas de tequila y solía decirme cuando me
veía beberlo a mí: “Joaquín, ese tequila tuyo es muy malo; el bueno de verdad
ya nos lo bebimos José Alfredo Jiménez y yo”. Al conocer la triste noticia, que
todos veníamos anticipando, he sentido la necesidad de bajar al bar a tomar uno
a su salud, aunque el brebaje sin ella siempre será de los malos”.
“Aquella primera vez, pedí a Pedro Almodóvar que nos
presentara. Al acercarme, escuché cómo él le contaba quién era yo, pues Chavela
no tenía la menor idea. “La admiro desde niño”, le dije. “Yo también le admiro
mucho a usted”, contestó. Ante la mentira, exclamé. “Vete a la mierda”. Nos
fundimos en un largo abrazo que nunca aflojamos hasta ayer mismo, incluso
aunque no pudiéramos vernos en su última visita a España, un viaje que quizá no
debió hacer, pues no estaba en condiciones. Entonces, yo estaba de gira y a
ella la ingresaron en un hospital”.
“Con su desaparición, se pierde una manera de cantar
llorando, un quejío inigualable, una expresividad fuera de lo común. Unos
cojones y unos ovarios nunca vistos en la música popular desde la muerte de
Roberto Goyeneche. Ella no vendía una voz, vendía un estilo. Era una maestra en
perder la primera al tiempo que ganaba lo segundo. Algo en lo que yo, sin duda,
tengo mucho que aprender. En estos momentos de pérdida me digo, como en la
canción: ¡Quién pudiera reír como llora Chavela! Y recuerdo estas palabras de
Almodóvar: “Desde Jesucristo, nadie ha abierto los brazos como ella”.

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